ALTERNATIVA | LOS NIÑOS QUE ESTUDIAN EN CASA

Publicado 30 abril, 2014 por Ana Maria Peña

Crecer bien sin ir al colegio

Unos 4.000 niños españoles no van a la escuela. Por decisión de sus padres estudian en sus hogares o en colegios no reglados. Son pocos, en comparación con países como Estados Unidos, donde 1,1 millones practican el «homeschooling».

Valeria Mantrano (32 años, licenciada en Filosofía), Lucho López (32 años, licenciado en Filosofía, profesor de Francés), Alma (4 años) y Olivo (9 meses).
Por Laura G. De Rivera Fotografías de Antonio Heredia

En el colegio, Irene tenía pánico a no dar la talla. «Todos los días lloraba porque no quería ir. No me hice bien con el sistema, no pude con él, lo pasaba fatal». Con 11 años, había entrado en un estado de depresión ysu padre, profesor de universidad, le propuso dejar las clases para dedicarse a hacer lo que ella quisiera. Ese mismo año asistió a un taller de plástica y a un curso de teatro en la Universidad de Deusto. «Poco a poco fui redescubriendo mis propios intereses. Me encantaban los vestidos de Lo que el viento se llevó y empecé a hacer muñecas de arcilla para vestirlas». A los 12 años, hizo su primer vestido de época a tamaño natural. Su interés por la costura fue creciendo, hasta hacer del vestuario para teatro su profesión. Hoy, con 28 años, mira hacia atrás con alivio y reconoce que dejar de ir a la escuela le enseñó a «satisfacer mis intereses y a desarrollar mi capacidad de esfuerzo».

«Las consultas de los psicólogos están llenas de chavales que no pueden aguantar la presión escolar, que sufren acoso y malos tratos por parte de sus compañeros o de los propios profesores», apunta Lucía, psicóloga infantil. Exponer a sus dos hijas lo menos posible a este tipo de tensiones es una de las razones por las que Pedro y Lucía decidieron educarlas en casa. Para sus hijas Clara y Azucena, de 9 y 6 años, «no existe una barrera entre lo escolar y el tiempo de ocio. Las niñas no están deseando que lleguen las vacaciones ni el fin de semana», afirman.

Como ellas, otros muchos niños no acuden al colegio en todo el mundo. Y no por dejadez, falta de medios o pereza, sino por decisión consciente de sus padres. Es una opción reconocida por la ley en países como Canadá, Reino Unido, Nueva Zelanda, Francia y Estados Unidos (uno de los países pioneros en el movimiento del homeschooling o educación en casa, con 1.1 millones de estudiantes en el hogar entre los 5 y los 17 años, según su Departamento de Educación). En España, «no existe un censo de niños educados en casa, pero calculamos una cifra aproximada de 2.000 familias, con una media de dos hijos por familia, es decir, unos 4.000 niños», señala Juan Carlos Vila, presidente de la Asociación para la Libre Educación (ALE). «Además, hay mucha gente que no ha salido del armario todavía, que educa a los niños en casa pero no lo dice», apunta Xavier Alá, director de la escuela a distancia Clonlara España.

Al calor de Internet han surgido varios grupos de discusión y colectivos de padres de todas las comunidades autónomas que han decidido no escolarizar a sus hijos. Dos asociaciones les atienden: la Asociación para la Libre Educación, que cuenta con 150 familias registradas, y Crecer sin Escuela. Esta última nació a partir del movimiento Growing without Schooling fundado por el pedagogo John Holt, principal ideólogo de la educación en casa.

Alegando sus continuos viajes de trabajo y su deseo de que su hijo la acompañara, Paula consiguió el visto bueno del Ministerio de Educación para que su hijo Pablo siguiera un programa especial de educación a distancia cuando tenía 8 años (hoy tiene 15). Este programa asigna a los padres la lista de libros que deben seguir y los conocimientos que el niño debe adquirir, con exámenes trimestrales similares a los realizados en el colegio. «Tenía que metérselo con embudo, casi a la fuerza, y no seguía su ritmo. Además, ¿por qué tenemos que desconfiar de su capacidad para aprender? ¿Por qué hay que estar poniéndoles pruebas continuamente?», se queja Paula. Decidió abandonar ese sistema y le inscribió en la escuela norteamericana Clonlara, pionera en la enseñanza a distancia, que en el 2002 abrió una sucursal en España.

Asesorar, no imponer. Como otros padres con hijos no escolarizados, Paula defiende que los niños aprenden por sí solos y que el papel de los progenitores debe ser asesorar y no imponer. «Aprender a decidir, a mandarse a uno mismo cuando nadie te dice lo que tienes que hacer, es la lección más difícil y más importante», afirma.

Más que convertirse en sustitutos de los profesores, muchos de estos padres fomentan el aprendizaje autodidacta de sus hijos, facilitándoles los medios para satisfacer su curiosidad natural. Son materiales asequibles, incluso más baratos que los de una escuela ordinaria: libros (de la biblioteca más cercana), Internet, documentales, cursos de idiomas por ordenador… y, sobre todo, mucho tiempo para conversar, viajar, trabajar juntos. «Los niños aprenden observando la realidad. Si estás haciendo la comida, puede que tu hijo se interese por aprender a cocinar. Si estás en el ordenador, seguro que quiere saber cómo funciona y para qué sirve. Igual que es mucho más bonito aprender geografía viajando que en un libro», apunta Paula.

Otros recursos empleados son los enviados por escuelas a distancia, como la citada Clonlara, o los propios libros de texto que se emplean en los colegios. Clara y Azucena siguen el método Kumon para aprender matemáticas, un sistema inventado por un japonés para aprender cálculo a distancia. «Cada tema nuevo viene acompañado de pistas y ejemplos para resolver los ejercicios. Así, el niño se acostumbra a deducir y razonar, adquiere los conocimientos por propio esfuerzo, de una forma más duradera», explica Lucía. El Kumon se ha convertido para las dos niñas en un ritual y es uno de los pocos deberes ineludibles que tienen: le dedican 15 minutos cada mañana, incluyendo fines de semana y vacaciones.

La implicación de los padres es una de las claves de la enseñanza en casa. En la mayoría de los casos, son ellos los que se encargan de acompañar a sus hijos durante ese tiempo que los otros niños pasan en el cole; sólo una minoría se apoya también en profesores particulares.

El esfuerzo requiere una dedicación a tiempo completo, por lo que muchas de estas familias están formadas por padres que trabajan en casa y se turnan para acompañar a sus hijos. En muchos otros casos, son las mujeres quienes toman ese papel. Catherine, madre de Joel (6 años) y Liam (3 años), eligió dejar un buen trabajo para dedicarse a sus hijos. «Al principio, sentía una presión social muy fuerte ante la pregunta ‘¿y tú qué haces? ¿no trabajas?’. Ahora he tomado plena conciencia de que criar a los hijos es un trabajo fundamental. Los primeros años de la vida son muy importantes, cuanto más fuerte sea la base afectiva de mis hijos, más fortaleza tendrán para enfrentarse a conflictos de la vida», afirma.

«No es una opción para todo el mundo», reconocen los padres de Clara y Azucena. Ellos decidieron dejar sus trabajos, vender su casa en Madrid y alquilar una casita en un pueblo de Ávila, donde viven modestamente. «Es cuestión de prioridades», señalan.

Según cuenta Carmen Ibarlucea, una de las madres de ALE, en la web de la asociación, «es una opción minoritaria, pero igual que la gente se endeuda para adquirir una vivienda de lujo, yo puedo posponer mi desarrollo profesional o incluso suicidarme laboralmente para pasar la mayor parte del tiempo con mis hijos».

¿Y qué hace un niño todo el día, todo el curso, metido en casa? ¿Alborotar? ¿Aburrirse? Los padres que lo han probado lo niegan y aseguran que, tras un periodo de adaptación, encuentran sus propios quehaceres y motivaciones y es más fácil cooperar y compartir el espacio porque, al estar todo el día juntos, padres e hijos se conocen más.

Sin aburrirse. Paula opina que «los que van al cole se aburren porque, si todo el rato les están organizando la vida, cuando tienen tiempo libre no saben qué hacer». Su hijo quinceañero organiza su jornada. «Nunca le he escuchado decir que se aburre. Hay temporadas en que se levanta muy tarde pero, luego, él mismo se da cuenta de que prefiere aprovechar las mañanas», afirma.

Pedro, que tampoco va al cole, cuenta en la web de ALE: «En casa las horas pasan volando. No tienes que mirar el reloj esperando a que llegue la hora del recreo (lo único que me gustaba del colegio)…».

El salto al sistema reglado, incluida la Universidad, no es imposible para alguien que no haya ido a la escuela. La ley dice que cualquiera puede integrarse directamente en el curso de la ESO que corresponda a su edad, hasta los 13 años. A los 18 años, se puede obtener el título de graduado en Secundaria a través de convocatoria libre para, con él, cursar los dos años de Bachillerato y entrar en la Universidad (a los 20 años, lo que supondría un retraso de dos años en relación con los alumnos que hayan seguido la enseñanza oficial a curso por año).

Teniendo en cuenta la posibilidad de que un día sus hijas quieran volver al colegio, Lucía y Pedro intentan que vayan más o menos parejas con los temarios que se aprenden en la escuela. Aún así, la presión y desaprobación social son muy fuertes. Paula reconoce que ha pasado por «momentos de terror y duda porque todo el mundo te cuenta otras historias: te dicen que estás cerrándole puertas al futuro profesional de tu hijo y cosas así». Hoy, se muestra tajante: «Pablo puede hacer o ser lo que él quiera. Si tienes una pasión por algo, cuando te llega el momento de hacerlo, lo haces. La pasión y la confianza en ti mismo te mueve más que la obligación».

Las familias de niños no escolarizados aseguran que no tienen grandes problemas de socialización. «Pablo tiene muchos amigos, aunque la mayoría de ellos va al colegio y hasta las cinco no pueden jugar juntos; también va a clases de cosas que le divierten y conoce gente», cuenta su madre.

Nuria Aragón afirma que sus hijos (de 9 y 10 años, no escolarizados) son muy sociables, se adaptan a cualquier situación y tienen amigos de todas las edades.

Por su parte, Azucena y Clara se juntan con un grupo de niños que tampoco va al cole, mientras que Liam y Joel juegan con los niños de su pueblo, además de conocer a muchos otros como ellos en la escuela libre a la que asisten por las mañanas.

En los centros urbanos, padres como Paula echan de menos «lugares donde los niños no escolarizados puedan reunirse de forma habitual, con monitores que los orienten y apoyen para que puedan hacer lo que les interesa». Algo común en ciudades como Nueva York, donde Prospect Park, en el barrio de Brooklyn, se ha convertido en punto de referencia de «los sin escuela».

José Luis Pedreira, psiquiatra infantil en el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid y autor de un prestigioso estudio sobre acoso escolar o bullying, reconoce algunos pros de la no escolarización: «Disminuye la posibilidad de enfrentarse con el bullying, no existe contaminación educativa respecto a los valores con los que la familia quiere educar a sus hijos y, además, se evita el contacto con factores de riesgo, como el consumo de drogas».

En el otro lado de la balanza, Pedreira opina que «disminuye la socialización y crea un nivel de discriminación en el niño cuando se le compara con otros de su edad. La educación no son sólo contenidos, es la interacción continuada con todo tipo de personas, incluidas las que piensen de forma diferente; ello enriquece el proceso de crecimiento personal. En la educación en casa, esto sufre una restricción importante. La riqueza está en el contraste entre los valores que un niño aprende en casa y los que ve en el cole. Además, no escolarizar supone una salida tangencial de la familia, en vez de pelear por el cambio social educativo desde dentro».

Escuelas libres. Como alternativa a tener a sus hijos todo el día en casa, algunos padres que no desean llevarlos al colegio oficial han optado por las escuelas libres. Es el caso de Joel y Liam. Por lo general, son centros no reconocidos por el sistema oficial de enseñanza, están en áreas rurales y tienen en común un horario reducido (unas cuatro horas por la mañana). Tampoco imponen asignaturas ni hacen exámenes. Apenas existen 4 ó 5 de estas escuelas en España, con referentes pioneros en Inglaterra (Summerhill School), Ecuador (Fundación Pestalozzi) o EEUU (Sudbury School).

Beatriz Aguilera, pedagoga, es la fundadora de una de ellas, en la Comunidad de Madrid. Su centro, creado en 2001, es privado, no está homologado y cuesta unos 300 euros al mes. Acoge a 15 niños que en las cuatro horas del horario escolar pueden hacer lo que quieran en sus instalaciones. Todo dentro de unas normas muy sencillas y claras, como son no pegarse o recoger cuando se ha terminado un juego. «Escuela libre no significa sin límites. Los límites garantizan la seguridad», apunta Aguilera.

Para ella es fundamental que un niño se sienta seguro y querido y esto ocurre «cuando no es juzgado, se le acepta como es y se confía en él». Cuando se le pregunta por la diferencia con el sistema oficial, Aguilera afirma: «En el colegio, al niño se le dice lo que tiene que hacer desde que entra hasta que sale. Nosotros proponemos un ambiente donde nadie decide cómo debe ser un niño o lo que debe aprender».

Para sus detractores, no llevar a un niño a un colegio normal equivale a aislarle en una burbuja de la que no puede salir preparado para enfrentarse al mundo real. Para Paula, «ese mundo real lo podemos cambiar. ¿Por qué tenemos que meterlos en una cárcel para que aprendan un sistema carcelario?».

En la web de la Asociación para la Libre Educación (ALE) www.educacionlibre.org

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